Entrevista.
PORTEÑO 2006
Por Javier Godoy
Nacido (como él mismo lo aclara) tres meses antes que Isabelita cayera, es un apasionado de Buenos Aires, la webb y los Rinocerontes. Formado entre las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras y los puestos de Parque Rivadavia, es autor de las novelas “El Caníbal”, “El bailarín de Tango” y “El Pornógrafo”. Criado en una familia de italianos llegados en el primer gobierno peronista, y adolescente en la época “post militar”, es implacable con los setentistas, a quienes acusa de ejercer ‘el monopolio de la palabra’, y no permitir la crítica sobre sus íconos e ideas.
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Tenés una postura crítica para con la generación de los sesenta, setenta. No aceptas el mito de juventud dorada.
Mis viejos son de un peronismo muy de base, pragmático, incluso podría decir que no son peronistas, que son más bien pragmáticos. Mi abuelo italiano peleó en la Segunda Guerra y llegó acá traído por un plan de Perón, y fue un trabajador del primer peronismo. Tengo un tío fundidor, otro ingeniero, y mi viejo es arquitecto. Entonces hay toda una sabiduría del hacer, de la cosa manual, que se transmite. Y por eso siempre choqué con algunas posturas muy idealistas. Además nací de Diciembre del ’75 y llego a la conciencia política o social en los noventa, y con toda la cosa idealista Post militar. Y tuve que reaccionar contra eso.
¿Por qué?
Porque pienso que la izquierda nunca le dio el lugar que merecía al mito del trabajo, cosa que sí hizo el peronismo. Y la dependencia que tiene de las palabras, de las ideas, siempre me resultó berreta. Está muy poco ligada a la acción práctica, y cuando lo está se convierten en asesinos. No tienen esa cuota de resignación del tipo que labura. Jacinto Benavente contaba que una vez había dibujado una viñeta de una ciudad en ruinas donde lo único en pie era una horca, y el epígrafe decía: ha triunfado la idea. Contra eso escribo yo. De hecho mis novelas desconfían de lo literario, pero no de la literatura.
Esta desconfianza hacia lo literario, o en no aceptar así porque sí próceres intocables del progresismo, ¿Tiene que ver con tu bagaje familiar o fue una elaboración posterior que hiciste en tu adolescencia o en la facultad?
Es una elaboración. Para mí la familia es muy importante, muy nuclear. Es mi lugar donde pararme para enfrentar lo que encuentro es una falla de practicidad total, mucho chupamendismo de tipos que no eran leídos críticamente. No sé si estoy en contra de los sesenta en bloque, pero no me gusta que me trafiquen, que porque hay cosas que funcionan me den gato por liebre. No me entregué a la intelectualidad Argentina, rengué de eso. Entonces a la facultad siempre le contrapuse mi biblioteca familiar, y la que me pude armar en el Parque Rivadavia o el Centenario, lugares donde uno podía leer desde la revista “Muy Interesante” hasta tragedias griegas.
¿Cuál era tu guía en la construcción de esa biblioteca personal?
Hice el secundario en la época del menemismo y había toda una carga de violencia latente, sublimada. Y frente a esa violencia me iba armando islas donde podía encontrar otras cosas. El Parque Rivadavia, el Club Italiano, compartir libros con gente que no tenia una inclinación literaria marcada. Leía mucho material de divulgación. Y esto nunca lo quise negar. Nunca me plantee leer a Foucault, y dejar de lado la revista Mecánica Popular.
En el poema “El Ignorante” tomás la estructura del “Aullido” de Allen Ginsberg y contrapones su mirada crítica de los sesenta, sus protagonistas, sus clichés, a la que tenés sobre tu generación. Planteas una fuerte tensión entre las dos. Pero no es difícil darse cuenta que no siempre tener la misma edad significa compartir gustos.
Las generaciones no tiene que ver con la cronología. Tiene que ver con afinidades raras, que las superan. Me siento igualmente influenciado con la obra de Fabián Casas, que tiene diez años más que yo, o con la de Washington Cucurto, que nació casi en el mismo año que yo. Pero lo que veía era que la gente de los sesenta, tenían el monopolio de la palabra, la administraban.
Lo escribiste más para deshacer un discurso que para confrontar generacionalmente.
Exactamente. Por eso es que yo tengo una mala relación con el poema. Porque lo veo muy disolvente, mientras mis novelas son más constructivas, son acción sobre la ciudad, sobre el presente.
Ciudad que responde a una nueva geografía.
Me obsesiona Buenos Aires hoy. Hace poco en una radio me pedían una declaración política, y les dije que la única que tenía para hacer, era que la ciudad en estos momentos está en ebullición, que hay como una eclosión después de una década tan cerrada como fue la de los noventa. Y no termina en la General Paz. Es mucho más. En el intercambio entre la Capital y el Conurbano hay un montón de historias. Y me interesa dar cuenta de este presente porteño.
¿El tango sigue siendo la música de esa nueva ciudad?
Me interesa mucho, por eso escribí “El Bailarín de Tango”, que es como una actualización, una manera de ver que es lo que pasa hoy con él. De todas maneras la gente de mi edad puede estar escuchando Hip Hop y pasar al Tango o Bolero. Hay como una gran parrillada de música a la cual uno puede echar mano, según lo necesite: para hacer pesas pongo Molotov, si quiero bailar con una mujer abrazándola, el Tango es fenomenal. Más allá de que si uno se preocupa por Buenos Aires, la quiere conocer, el Tango está ahí. Es su música. Aunque también lo podés musicalizar con Nirvana o los Redondos.
A la novela “El Pornógrafo” la estructura que le da forma es una conversación en el chat. ¿Tiene que ver con buscar una nueva forma de lenguaje para describir este presente de que querés dar cuenta?
Esa es la idea, buscar una nueva forma de comunicarse. Pero además escribir así dio un ritmo para contar muy rápido. Porque esta forma tiene una sintaxis muy sintética, que te empuja. Y lo que pretendía era escribir la mayor cantidad de historias con la menos cantidad de palabras. Construir una catarata de historias.
Otra de las características de la novela es cierta ingenuidad de los personajes.
Cuando le di a mi mujer la primera versión para que la leyera, su comentario fue “estos dos son tan tontos como vos y tus amigos”. Ahí pensé que la novela no iba a funcionar. Pero después me dí cuenta que esa cosa tontolona, torpe, identifica a las conversaciones de chat.
En una de las conversaciones que mantiene caracterizan al chat como algo para solitarios, para los que están al pedo. Cuando logran estar acompañados, lo abandonan por otra forma de comunicación ¿este cambio en la forma de narrar responde a lo que sucede en la historia?
Sí, dejan de ser tan desprolijos, se toman más tiempo para escribir. El otro día un amigo me decía que había cerrado el blog porque se había enamorado. Me pareció espectacular. Después de todo “El pornógrafo” es una historia de amor.
Formalmente el chateo está muy bien reproducido, hay cierto desfasaje temporal entre las respuestas y las preguntas, tiempos muertos.
Lo trabajé muchísimo. Cateaba mientras escribía la novela para poder ver bien como era. Me dejaba transformar por el chat, de la misma manera que dejo que la ciudad me transforme. Por que me interesa que las cosas avances sobre mí.
Mantener un Blog, ¿qué te aporta como escritor?
Es como si fuera músico sesionista en los medios a la mañana -que es de lo que vivo y que trato e hacer lo mejor posible-, y por las noches en Internet, me prendiera en una buena zapada con amigos, donde no importa si pifias, sino la energía con que lo haces. Experiencia que después me sirve para los libros, que serian como mis discos solistas.
¿Manuel Puig es tu referente?
Formalmente hay una afinidad. Esa cosa de usar diálogos, de no tener un estilo. Pero era un tipo muy nostálgico, y yo soy lo contrario. No veía cine contemporáneo, le gustaban las divas de los 50, no leía literatura de su época. Pero sí, soy un poco un epígono de Puig.
Cuando hablás con muchos escritores pareciera que la decisión de ser escritor también significa renunciar a ser lector, ¿te sucede lo mismo?
Una de las cosas que más valoro es la posibilidad de hacerme del tiempo para poder seguir leyendo. Sean cosas en la webb, en los diarios o en los libros. Quizá en el futuro me pongo a leer la Biblia como William Faulkner y no lea ninguna otra cosa más en mi vida. Pero no creo que eso suceda, porque soy un escritor de la comunicación, no del lenguaje. Me interesan las historias. Tomás Berjar decía “cuando alguien me pide un consejo, le cuento una historia”. Y me parece que ahí está la causa del porqué me haya transformado en lo que soy. Resolví muchas cosas a partir de historias contadas. Y que podían estar escritas en forma muy experimental o narradas por un tipo en un micro de larga distancia, oralmente. Siempre me pareció que el relato era una forma de verdad y de conocer el mundo.
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