El corazón de las tinieblas es mucho más que la puesta en escena de la dicotomía entre civilización y barbarie. Una y otra vez la soledad de la selva, su oscuridad, se nos presenta como algo mudo y poderoso, algo que espera y que no actúa; como en una siniestra fábula infantil, es un espejo vivo. El corazón de las tinieblas nos deposita con su arrolladora e inquietante belleza en el umbral mismo de la oscuridad, donde no podemos hacer otra cosa que reconocer nuestra insignificancia con el espanto de sentirnos poderosos al mismo tiempo.