Tal vez Los Cantos de Maldoror fueron dictados al conde de Lautréamont por una voz secreta, durante las pesadillas de las fiebres producidas por enfermedades que los puritanos llamaron vergonzosas, doble injuria semántica con la que se castiga el placer del mundo. Aunque también podría ser un libro procedente del infierno, o caído de algunos de los paraísos llamados artificiales, allí donde el ojo cree percibir las imágenes convulsivas de La Belleza.